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martes, 16 de octubre de 2007

CULTURA DESDE EL LENGUAJE

"De la abundancia del corazón habla la boca del Hombre". (Libro de Proverbios).


Desde el punto de vista de algunos autores el lenguaje es, estrictamente, lo más humano que tenemos como especie.

Cuando hablamos de cultura, la tendencia es a hacer referencia a todo aquello que, en estricto rigor, tiene que ver con "acción de cultura" como se ha venido llamando desde hace un tiempo al hecho de presenciar, organizar y/o presentar una obra de teatro, una muestra pictórica o cualquier evento relacionado con la "actividad cultural".

No es a éso a lo que quisiera hacer referencia aquí. Quisiera referirme, mas bien, a todo aquello que podemos lograr mediante nuestra asombrosa capacidad simbólica transformada en lenguaje.

Según Alberto Maturana "somos en el lenguaje" y, desde ahí, nos presentamos al mundo y navegamos por él entre los demás seres, entre los otros, sean éstos significativos o no.

Lo que no se alcanza a dimensionar las más de las veces es que, siendo miembros de una misma especie, estamos condenados a la interdependencia. Lo que sucede a uno termina, indefectiblemente, afectando a un otro significativo quierásmoslo o no, directa o indirectamente.

Entonces, desde ese punto de vista, ¿no resulta acaso impensable desprender cultura de lenguaje y lenguaje de acción?.

Desde esta perspectiva, cabe considerar que somos el reflejo de las características que llevamos dentro (llámese alma, espíritu, forma de ser, valores, principios, actitudes, etc), por tanto, nuestra cultura es - a su vez - reflejo de cómo navegamos dentro de nosotros mismos en individualidad y en colectividad (comunidad).

Sin conllevar algún intento de descubrir una definición de "cultura", la pretensión es invitar a dar una ojeada desde ésta lectura, a ese reflejo.

En el ámbito de la violencia intrafamiliar (VIF), el mito más recurrente es pensar que la violencia tiene como punto de origen la cesantía, el alcoholismo y las drogas. En cambio, ocurre por una reiteración tan sustentada en y por el "lenguajear", que se vuelve "cultura", es decir, lo que vamos heredando a otras generaciones y a quienes nos rodean y vice versa (a grandes rasgos).

La violencia ocurre cuando desde pequeños se ha internalizado - mediante el lenguaje - que existen la discriminación y la descalificación (entre otras) y va tornándose tan recurrente y cotidiano, que terminan legitimándose por sí mismas.

A partir de ello, no huelga mencionar que somos el tipo de sociedad que vamos construyendo desde nuestras conversaciones, desde nuestra cultura individual y cotidiana, tomando como pilares nuestras biografías, nuestros contextos, nuestras convicciones singulares y colectivas (a favor o en contra).

Es aquello que nos hace únicos e irrepetibles, lo que nos permite ser parte de un todo que muestra lo que es. Si somos violentos heredamos violencia. Si somos tolerantes, heredamos tolerancia.

¿No valdría, entonces, la pena erflexionar en cómo van nuestras propias conversaciones?. En reiteradas ocasiones se oyen discursos tales como: "los niños no lloran"; "haz la cama a tu hermano"; "tú nunca vas a aprender"; "no sirves para nada" y, al general de las personas, sólo les caben la indiferencia o el desagrado.

Asimismo, desde nuestra propia manera de "navegar por la cotidianeidad", se nos hace invisible nuestra personal manera de discriminar, de descalificar, puesto que ya - desde nuestra cultura - caímos en la trampa de la aceptación (como un hecho natural) el lenguaje violento.

Se reflexiona a menudo desde el discurso. Desde la acción es otra parte quien tiene la responsabilidad de plantear un mundo alternativo. Desde la violencia, se legitima la agresión como única herramienta posible para resolver un conflicto. No hay una oferta seductora y convincente que atraiga hacia otras formas de desatar esos nodos conflictivos.

Desde el ámbito de la comunicación social, pocas veces se plantean las realidades desde una perspectiva cultural.

No es extraño encontrar el tema de la violencia intrafamiliar reducida a la "crónica roja", con grandes titulares que llevan al lector, televidente o auditor a tomar la información sólo como un hecho policial más, sin alcanzar a internalizar ése hecho como el resultado de una cultura de la violencia al interior de la familia y, por extensión, a la sociedad toda.

¿Nos asistirá el llamado a prestar más atención a cómo estamos manifestando nuestra postura profesional frente a temas tan relevantes que van mucho, muchísimo más allá de un evento cultural?.

Si nuestro lenguaje nos hace construir y darle sustentabilidad a nuestra cultura, no sería "mal visto" comenzar por aceptar al otro como un legítimo otro dentro de la convivencia (Maturana y Varela), y darle el merecido lugar dentro de la sociedad dentro del respeto, la pluralidad y la acogida que esperamos para nosotros mismos.

Resulta de gran importancia reflexionar frente a un tema tan recurrente desde dos perspectivas: como ciudadanos en nuestras propias conversaciones y como potenciales comunicadores donde tendremos la oportunidad de abordar estos temas, otorgándoles la importancia que corresponde: desde la sociedad que estamos colaborando a construir.

La decisión "hablará" por sí misma.

Desde su propia abundancia.

BREVE PASEO POR LA INDIGESTIÓN (o: “No se lo recomiendo”)

Moraleja: “hay que apagar la televisión en colores y encender los tele colores de la visión”.

Una mañana cualquiera, desperté con la misma emoción que un niño entraría a un supermercado colmado de embelecos gratuitos y sin restricción. Era mi día libre luego de muchas jornadas de arduo sudor.

Claro, lo único que soñaba era poder pasar el día completito dadas las “hipo condiciones” climáticas dentro del sobre.

Como panorama, una buena película en DVD quedaba fuera de mi alcance por razones obvias: no me alcanza para comprarme uno y, como en lo ajeno reina la desgracia, tampoco recurriría a la vieja frase ¿me prestay tu dvd sólo por hoy? No. Mejor era batírselas con lo propio. Así, caí en el pecado. Busqué con ansias “mi” control remoto, me “armé” con una bandeja llena de dulce y salado, unos buenos brebajes, celular cargando pero apagado y….¡a la camita a ver tele todo el día se ha dicho!

La costumbre de despertar a primera hora no quiso desalojar la rutina de mi retina, por lo que comencé tempranito.

Aquí va el resumen de la experiencia.

Matinales:

¡Qué desastre! Es una verdadera pena ser testigo de tanta pérdida de tiempo y recursos humanos y tecnológicos. Nada que aportar, salvo, alguna que otra oferta de comestibles a bajo precio en algún supermercado cualquiera durante la tanda de comerciales que, al final, no son ni tan comestibles (no orgánicos, pura - química – pura) ni menos, tan baratos.

El desfile de rostros a medio resucitar saltando, permite tener tiempo para decidir que si el día se abriga uno saldrá a dar un paseo (toda una esperanza en el mes de junio).

Primer bloque: bienvenidas maquilladas y sonrisitas de utilería que prometen dar lo mejor para acompañar a “usted que está en camita”. Un desglose del menú que, lejos de reflejar los intereses de uno, al menos no se oye tan mal. En cada canal, la misma oferta. Incluyendo “no somos los primeros, somos los mejores” y todo.

Y partieron. Lo que uno había pensado que iba a tele observar, se convierte en un calamitoso reality de egos que se atropellan unos a otros sin escatimar esfuerzos, aunque haya que dárselas de payaso decadente, de sabelotodo con lagunas mentales, de sermoneros sobre el deber ser, entre otras posturas. Todo “le lleva” implícito que se hace pensando en uno. Sin comentarios.

Aparece un chef, que entre alaridos y desesperados intentos de los conductores por comerse todo aquello que está en la mesada televisiva, no puede ni explicar bien la receta con tanta interrupción, ni menos, terminar de manufacturar el manjar anunciado porque desparecieron los ingredientes durante la tanda comercial.

Luego viene la entrega informativa horaria. Ni tan entrega, porque todo está pagado, ni tan informativa, toda vez que macarenas pizarros, andreas molinas, ivanes valenzuelas entre otros, lejos de informar realizan una apología de sus acabados conocimientos “no – tendenciados” y de sus “asertivísimas” opiniones personales… ¡pero mucho!.

Volvemos con el programa. Esta vez, vamos con el espacio de la moda a cargo, obvio, de una modelo. ¿modelo de qué?, uno se pregunta. Modelo de respeto no es. Modelo de, tampoco. Ella, “la no – modelo”, se esfuerza por decirle a la señora que ganó el concurso, que no tiene idea de vestirse bien, que está gorda y pasada en años. Es decir, que jamás ni sueñe en tener un micrófono y cámara a disposición para entregar su valiosa opinión como ciudadana y que, si intenta parecerse a ella, en su casa la van a tratar bien. Lo que le queda claro a la señora pobladora, es que sin gastar lo que no tiene para darse una manito de gato, seguirá en las sombras de las estadísticas que, a imagen y semejanza de Mega, El mercurio y el 13, también mienten. Todo porque el matinal fue pensado para la gente de Chile.

*Place comercial here*. Las grandes cadenas hacen alarde de su particular empatía y le prometen que “cada día una pequeña ayuda” le harán el cotidiano vivir más fácil. El problema es que no dicen para quién va destinada esa ayuda finalmente: a sus propios dueños, que necesitan ir de vacaciones más seguido para marcar presencia dentro del glamoroso concierto de potentados nacionales, pocos, cada vez menos.

Y la cámara “ancla” da el pase al conductor…bien anclado con tortuosas redes pero anclado al fin y al cabo. Nadie sabe por qué no es el recién y talentoso egresado de la carrera de comunicación social, este niño Lushito González, hijo de la señora Juanita (madre soltera y/o abandonada)…claro, dice uno, es que él nunca supo de barcos, por tanto, de anclas y redes nunca tuvo noticias.

Todo esto, entre risotadas desmedidas de las “gomero conductoras” que hacen lo propio para ser “las más”. Las más fotografiadas, las más cotizadas, las más solicitadas y, por sobre todo, las más enfocadas durante la teletón. De lo que no queda duda alguna, es que las más parecidas a las señoras y señoritas que están en casa, ellas no son. Tampoco las más representativas de la mujer chilena, porque si ellas la representan a uno…¡…! válgame dios, prefiero mi honesto y consecuente anonimato, gracias.

Ya vamos casi terminando y aún espero por la promesa.

Otro informe horario de prensa. Que te “prensa” el intelecto, dice uno. Porque a la hora de la credibilidad, justo cuando a uno lo van a dejar casi convencido, uno sale a la calle y se da cuenta que el 90% de lo manifestado, está lejos de la realidad.

Entonces, como ya conozco los créditos, respiro profundo, me armo de valor (que eso a las mujeres chilenas nos sobra), lleno de café mi termo, me pongo dos pares de calcetas y tomo el libro abandonado que apareció durante la mudanza, una transistor a pilas y me las emplumo a la villa Grimaldi.

Allí, los pajaritos cantan gratis y puedo, después de confesarme pecadora, disfrutar por fin de un verdadero día libre. “Mi” día libre al fin y al cabo.

Y como dijo Charly: “Say no more”.

EL viejo PERRO viejo

Cuando todos los días nos parecen predecibles casi en su totalidad, afortunadamente siempre hay situaciones que nos sacan de ese tipo de pensamientos.

Hoy desperté más temprano y me explico:

La verdad es que tuve una pesadilla horrible. Fue casi una tortura. Desperté y, afortunadamente, seguía siendo el canino ejemplar que haría sentir orgullosos a mis padres. ¡Ufff!!!!............¡En mi pesadilla me había convertido en humano!.

Lo primero que se me vino a la cabeza, fue una sensación de pena por ellos. Debe ser tremendo no saber pensar. Viven apurados, feo eso.

Lo que es yo, me tomo mi tiempo: me pego unas buenas estiradas, bostezo y me acicalo, sin prisa.

Por otra parte, mi día comienza cuado yo lo decido, salvo, contadas ocasiones. Luego salgo a recorrer el barrio donde vivo. Los días lunes, miércoles y viernes, son productivos porque sacan las bolsas y las puedo revisar con calma, aunque si los humanos pensaran, las dejarían abiertas y en un lugar cómodo para que las pueda alcanzar porque así como quedan me resulta difícil hacerlo sin dejar desorden. Entonces debo abrirlas y se me escapan algunos restos. Todo es culpa de ellos. Después el sucio y desordenado es uno.

En la esquina donde me despido del día a día y acomodo mi perruna existencia, hay un paradero. Siempre es igual. Oigo delicados taconeos, pasos firmes de hombres y el roce de las mochilas en las espaldas escolares.

Hoy fué distinto. Hoy, además de lo anterior, escuché conversaciones. Me paré firme en mis cuatro extremidades y salí a pat'iperrear.

Se comentaba de la nueva estrategia de transportes. ¡Puras lamentaciones!. Hombres y mujeres se dolían del famoso plan. Lo que más me llamó la atención es que ninguno reparó en que por fin, sin importar el tema, las personas se dirigían la palabra unos a otros...... no saben de lo que se pierden los humanos por no pensar.

Así dadas las cosas, me iré a recorrer alguna calles y como tengo experiencia en aparecer hasta en los desfiles, me voy a "embarcar" en el transantiago.

Entonces ya tengo todo previsto. Hoy recorreré el sector de Plaza Italia. Aunque me gusta más de día, me resulta muy difícil encontrar algo de comer antes del horario prime.

Me subo a un bus troncal y, la verdad, es que vamos muy apretados. No cabría mi compadre "oliver", aunque me hubiese gustado traerlo. Pero es más joven y medio "alocado" producto de su rpopia juventud.

Me instalo al lado de un boliche "por si las moscas", porque por curioso no alcancé a desayunar.

Veo dos colegas. Uno casi tan escuálido como yo. Es café, alto. Imagino que ya debe ser abuelo por la mirada. Pienso si me acerco o no y estoy en eso cuando da un respingo y me mira fijamente y como sé de relacionarme bien con el rubro, le pongo cara de amigable para que me dé algún dato interesante.

Conversamos bastante rato y nos compartimos la pena que nos dan los humanos. "Los hombres no saben lo que buscan", me dice con voz de perro de Santiago. "Es una gran pena y, lo peor es que ni lo notan", le respondo con acento peñalolino. Como estuvimos de